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Resumen
El objetivo básico de
este artículo es ilustrar tres ideas matrices de la epistemología actual. En
primer lugar, ayudar al lector a tomar conciencia de que vivimos en un mundo de
sistemas en todos sus niveles: en el macrocosmos (galaxias y sistema solar), en
el mundo ordinario del cosmos (un árbol, nuestro mismo organismo, cualquier
aparato) y en el microcosmos (una célula, una molécula, un átomo, etc.); todos
estos entes son sistemas. En segundo lugar, hacer ver que estos sistemas están
estructurados a un alto nivel de complejidad: lo complejo es el modo natural de
ser de los sistemas; y, por último, argumentar que lo complejo exige por sí
mismo una metodología y estudio transdisciplinarios. En síntesis, se hace
énfasis en que lo sistémico se define como algo muy complejo y lo complejo
exige ser estudiado en forma transdisciplinaria. El artículo finaliza
ilustrando brevemente dos programas computacionales que pueden ofrecer una gran
ayuda operativa y práctica en la metodología transdisciplinaria.
INTRODUCCIÓN
A lo largo del siglo XX y especialmente en su segunda
parte, hemos vivido una crisis de nuestro modo de pensar, de nuestro modo de
razonar y de nuestro modo de valorar.
Esta situación ha generado un conflicto en las mismas
bases de las reglas de la lógica en uso, es decir, del paradigma
epistemológico, sustento de la ciencia y del conocimiento en general. “Estamos
llegando al final de la ciencia convencional”, señala el Premio Nobel de Química,
Ilya Prigogine; es decir, de la ciencia determinista, lineal y homogénea, y presenciamos
el surgimiento de una conciencia de la discontinuidad, de la no linealidad, de
la diferencia y de la necesidad del diálogo (1994: 40).
Por lo tanto, esta situación no es algo superficial, ni
sólo coyuntural; el problema es mucho más profundo y serio: su raíz llega hasta
las estructuras lógicas de nuestra mente, hasta los procesos que sigue nuestra
razón en el modo de conceptualizar y dar sentido a las realidades; por ello,
este problema desafía nuestro modo de entender, reta nuestra lógica, reclama un
alerta, pide mayor sensibilidad intelectual, exige una actitud crítica constante,
y todo ello bajo la amenaza de dejar sin rumbo y sin sentido nuestros conocimientos
considerados como los más seguros por ser “científicos”.
En la actividad académica se ha vuelto imperioso desnudar
las contradicciones, las aporías, las antinomias, las paradojas, las
parcialidades y las insuficiencias del paradigma que ha dominado, desde el
Renacimiento, el conocimiento científico. Desde mediados del siglo XX en
adelante, se han replanteado en forma crítica las bases epistemológicas de los
métodos y de la misma ciencia, y se sostiene que, sin una base epistemológica
que le dé sentido, no pueden existir conocimientos en disciplina alguna.
Esta nueva sensibilidad se revela también, a su manera,
en diferentes orientaciones del pensamiento actual, como la teoría crítica, la
condición postmoderna, la postestructuralista y la desconstruccionista, o la
tendencia a la desmetaforización del discurso, a un uso mayor y más frecuente
de la hermenéutica y de la dialéctica. El mundo en que hoy vivimos se
caracteriza por sus interconexiones a un nivel amplio y global en el que los
fenómenos físicos, biológicos, psicológicos, sociales y ambientales, son todos recíprocamente
interdependientes.
Estamos viviendo una transformación radical del concepto
de conocimiento y del concepto de ciencia y llegando a la adopción de un nuevo
concepto de la racionalidad científica, de un nuevo paradigma epistemológico.
El modelo científico positivista –que imperó por más de tres siglos– comenzó a
ser cuestionado severamente a fines del siglo
XIX por los psicólogos de la Gestalt, a principios del
siglo XX por los físicos, luego –en la segunda década– por los lingüistas, y
finalmente –en los años 30, 40, 50 y, sobre todo, en los 60– por los biólogos y
los filósofos de la ciencia.
Así, el gran físico Erwin Schrödinger, Premio Nobel por
su descubrimiento de la ecuación fundamental de la mecánica cuántica (base de
la física moderna), considera que “la ciencia actual nos ha conducido por un
callejón sin salida y que la actitud científica ha de ser reconstruida, que la
ciencia ha de rehacerse de nuevo” (1967: 122).
Por todo ello, quizá, debamos seguir el sabio consejo que
nos da Immanuel Kant en la introducción de su obra máxima La Crítica de la
Razón Pura (1787): "el maduro juicio de nuestra época no quiere seguir
contentándose con un saber aparente y exige de la razón la más difícil de sus
tareas, a saber: que de nuevo emprenda su propio conocimiento"
Sin embargo, la ilimitada potencialidad que tiene la
mente humana queda frustrada en la práctica, en la mayoría de los seres
humanos, debido a los hábitos y rutinas mentales a que restringe su actividad.
Hay tres conceptos que son sus raíces y se prestan a una gran confusión
semántica: son los conceptos de sistema, complejidad y transdisciplinariedad.
Por ello, es de gran interés precisar su verdadero
sentido, conexiones e interdependencia. Uno de los problemas radicales que
presenta el “pensar profundo” reside en la prioridad que le demos a la
epistemología y a la ontología en nuestro pensamiento. Como muy bien precisa el
físico, filósofo y humanista germano, Carl Friedrich von Weizsäcker (1972),
quien hizo notables aportaciones al campo de la física, la filosofía, la ética
y la religión, “la naturaleza es anterior al hombre, pero el hombre antecede a
la ciencia sobre la naturaleza”. La primera parte de esta proposición justifica
la ciencia clásica, con su ideal de una completa objetividad (prioridad
ontológica); pero la segunda parte nos dice que no podemos eludir la antinomia
sujeto-objeto (prioridad epistemológica). Sin embargo, dada la profunda
interrelación de estos dos conceptos, nuestra mente salta continuamente del uno
al otro: de la naturaleza de algo a su conocimiento y, viceversa, del
conocimiento previo de la naturaleza a una descripción más precisa de la misma.
Por ello, nuestras reflexiones se centrarán en esta “dinámica mental”.
1. PARADIGMA SISTÉMICO
La orientación positivista, durante casi tres siglos,
consideraba que sólo las sensaciones o experiencias sensibles eran un fenómeno
adecuado para la investigación científica; sólo lo verificable empíricamente
sería aceptado en el cuerpo de la ciencia; la única y verdadera relación
verificable sería la de causa y efecto; la explicación de las realidades
complejas se haría identificando sus componentes, ya sean partículas, genes, reflejos,
impulsos, etc., según el caso; los términos fundamentales de la ciencia debían representar
entidades concretas, tangibles, mensurables, verificables, de lo contrario, serían
desechados como palabras sin sentido; las realidades inobservables habría que “definirlas
operacionalmente” para poderlas medir; los modelos matemáticos, basados en datos
bien medidos, serían los ideales para concebir y estructurar teorías
científicas.
Este enfoque constituyó el paradigma conceptual de la
ciencia clásica, pero se radicalizó, sobre todo, durante la segunda parte del
siglo XIX y primera del XX con el positivismo lógico.
Pero, la revolución de los físicos, desde principios del
siglo XX, implica que las exigencias e ideales positivistas no son sostenibles
ni siquiera en la física: Einstein relativiza los conceptos de espacio y de
tiempo (no son absolutos, sino que dependen del observador) e invierte gran
parte de la física de Newton; Heisenberg introduce el principio de
indeterminación o de incertidumbre (el observador afecta y cambia la realidad
que estudia) y acaba con el principio de causalidad; Pauli formula el principio
de exclusión (hay leyes-sistema que no son derivables de las leyes de sus
componentes) que nos ayuda a comprender la aparición de fenómenos
cualitativamente nuevos y nos da conceptos explicativos distintos,
característicos de niveles superiores de organización; Niels Bohr establece el
principio de complementariedad: puede haber dos explicaciones opuestas para los
mismos fenómenos físicos y, por extensión, quizá, para todo fenómeno; Max
Planck, Schrödinger y otros físicos, descubren, con la mecánica cuántica, un
conjunto de relaciones que gobiernan el mundo subatómico, similar al que Newton
descubrió para los grandes cuerpos, y afirman que la nueva física debe estudiar
la naturaleza de un numeroso grupo de entes que son inobservables, ya que la
realidad física ha tomado cualidades que están bastante alejadas de la
experiencia sensorial directa.
Por todo ello, se volvió necesaria una nueva visión de la
realidad, un nuevo "paradigma", es decir, una transformación
fundamental de nuestro modo de pensar, de nuestro modo de percibir y de nuestro
modo de valorar; y resultó imprescindible la adopción de un paradigma sistémico
para poder comprender la naturaleza de todas nuestras realidades.
El ser humano, como todo ser vivo, no es un agregado de
elementos yuxtapuestos; es un todo integrado que constituye un suprasistema
dinámico, formado por muchos subsistemas perfectamente coordinados: el
subsistema físico, el químico, el biológico, el psicológico, el social, el
cultural, el ético-moral y el espiritual. Todos juntos e integrados constituyen
la personalidad, y su falta de integración o coordinación desencadena procesos
patológicos de diferente índole: orgánica, psicológica, social, o varias
juntas.
Pero, cuando funciona normalmente, exhibe una maravillosa
coordinación de esos subsistemas. Por esto, el ser humano es la estructura
dinámica o sistema integrado más complejo de todo cuanto existe en el universo.
En consecuencia, se trata de integrar nuestros
conocimientos en el Paradigma Sistémico, pues, como dice Ludwig von
Bertalanffy, "desde el átomo hasta la galaxia vivimos en un mundo de
sistemas" (1981: 47); y esto, desde lo inconmensurablemente grande hasta
lo infinitesimalmente pequeño. La actividad práctica nos pide una orientación
que tienda a integrar el “pensamiento calculante” y el “pensamiento reflexivo” de
que habla Heidegger (1974), un proceso dia-lógico en el sentido de que sería el
fruto de la simbiosis de dos lógicas, una “digital” y la otra “analógica”,
implicando la acción de cada uno de los dos hemisferios cerebrales. En efecto,
el mundo en que hoy vivimos se caracteriza por sus interconexiones a un nivel
global en el que todos los fenómenos son recíprocamente interdependientes. Y
cualquier área que nosotros cultivemos debiera tener en cuenta y ser respaldada
por un paradigma que las integre a todas.
Un conocimiento de algo, sin referencia y ubicación en un
estatuto epistemológico que le dé sentido y proyección, queda huérfano y
resulta ininteligible; es decir, que ni siquiera sería conocimiento. Conocer es
siempre aprehender un dato en una cierta función, bajo una cierta relación, en
tanto significa algo dentro de una determinada estructura. En efecto, todo
método está inserto en un paradigma; pero el paradigma, a su vez, está ubicado
dentro de una estructura cognoscitiva o marco general filosófico o,
simplemente, socio-histórico. Esto hay que ponerlo en evidencia; difícilmente
podremos evadir la búsqueda del método adecuado para estudiar apropiadamente
muchos temas desafiantes y, quizá, tendremos que constatar que ningún método
disponible resulta compatible con la experiencia que vivimos.
Ante esta situación, tendremos que penetrar más
profundamente y buscar nuevos métodos: métodos que lleguen a la estructura
íntima de los temas vitales desafiantes, que los capten como son vividos en su
concreción; pero estos métodos llevarán siempre implícito un desafío
epistemológico.
Como dice Beynam (1978), “actualmente vivimos un cambio
de paradigma en la ciencia, tal vez el cambio más grande que se ha efectuado
hasta la fecha”. Está emergiendo un nuevo paradigma que afecta a todas las
áreas del conocimiento. La nueva ciencia no rechaza las aportaciones de
Galileo, Descartes o Newton, sino que las integra en un contexto mucho más
amplio y con mayor sentido, en un paradigma sistémico.
Pero, ¿qué es un sistema?, ¿cuáles son sus constituyentes
básicos, sus características esenciales? La naturaleza íntima de los sistemas o
estructuras dinámicas, su entidad esencial, está constituida por la relación
entre las partes, y no por éstas tomadas en sí. La relación es una entidad
emergente, nueva: algo así como el buen sabor de un plato debido a sus
múltiples ingredientes y condimentos (sabor y saber vienen de la misma raíz).
El enfoque sistémico es indispensable cuando tratamos con
estructuras dinámicas o sistemas que no se componen de elementos homogéneos y,
por lo tanto, no se le pueden aplicar las cuatro leyes que constituyen nuestra
matemática actual sin desnaturalizarlos, la ley aditiva de elementos, la
conmutativa, la asociativa y la distributiva de los mismos, pues, en realidad,
no son “elementos homogéneos”, ni agregados, ni “partes”, sino constituyentes
de una entidad superior; las realidades sistémicas se componen de elementos o
constituyentes heterogéneos, y son lo que son por su posición o por la función
que desempeñan en la estructura o sistema total; es más, el buen o mal funcionamiento
de un elemento repercute o compromete el funcionamiento de todo el sistema,
como lo vemos en todos los seres vivos y aun en todas las máquinas de la tecnología
moderna.
El gran biólogo Ludwig von Bertalanffy señaló (en 1972)
que para entender matemáticamente, por ej., los conceptos biológicos de
diferenciación, desarrollo, equifinalidad, totalidad, generación, etc. (todos
sistémicos), necesitaríamos unas “matemáticas gestálticas”, en las que fuera
fundamental, no la noción de cantidad, sino la de relación, forma y orden; y
eso es precisamente lo que trata de hacer el enfoque sistémico al estudiar su
complejidad por medio de la inter- y transdisciplinariedad.
PUBLICADO
POR. LUZ ANGELA GÓMEZ
